El brusco precio de la fama

Tras la muerte ayer de Amy Winehouse en Londres, hoy quería hablar con vosotros de lo costoso y sufrido que debe ser para una persona pertenecer al famoseo, y más cuando esa fama viene de repente por el motivo que sea. Está claro que todo en la vida tiene sus ventajas y sus inconvenientes. En principio y por general, y por poner de ejemplo a la propia Amy, está claro que lo más beneficioso de todo habrá sido todo el dinero que ha ganado, pero lo más negativo es que uno no puede realizar la vida normal que hacemos la mayoría de los mortales (ir a cenar, salir por la noche, conocer nuevos lugares en vacaciones…).

Hace dos años, en el programa Comando Actualidad de TVE, Carmen Lomana dijo que la crisis le estaba afectando más a los ricos que a los pobres (ver a partir del 03:33). Se criticaron mucho sus palabras, pero a mi juicio no deja de tener razón porque, tal y como dijo Rubalcaba en el acto de su presentación como candidato del PSOE a las próximas elecciones generales, “si uno no vive como piensa, terminará pensando como vive”. Y eso le ha ocurrido a mucha gente que pensaba que podía vivir por encima de sus posibilidades y cuando llegó la crisis vio que aquello fue una especie de espejismo. Por eso digo que Lomana (cuyas palabras es verdad que son tristes de asimilar) no mentía en afirmar que los pobres lo serán igual en época de crisis que en tiempos de bonanza (y por tanto no notarán bruscamente ninguna diferencia). En cambio, los ricos pasaron (a base de especular) de hacerse multimillonarios a no tener lo que poseían de la noche a la mañana. La clave está en la brusquedad: quien no tenía nada, no perdió nada, pero quien tenía mucho, perdió (casi) todo.

Parece una obsesión humana el querer tener más y más. Por supuesto que yo soy el primero que quiero ganar mucho dinero y trabajar lo menos posible, pero alguna vez me he planteado qué pasaría si, por ejemplo, me tocara un dineral en la lotería. Al no haber nacido en una familia rica (aunque ni mucho menos he tenido una vida de pobre), me imagino que esa brusquedad acaba por cambiarte sus esquemas mentales e inevitablemente terminas por convertirte en otra persona. Quizás eso lo noten menos precisamente los que viven y han vivido siempre como reyes y sin pegar palo al agua… pero para alguien que le viene una nueva situación como esa, me da que si no tiene muy bien amueblada la cabeza, le puede costar algo más que un disgusto.

De ahí que nuestro refranero diga que el dinero no da la felicidad. Yo diría que ayuda a conseguirla… pero claro, ¿en qué términos? Me hubiese gustado saber si Amy cuando cantaba en los pubs de Londres antes de hacerse famosa era feliz, porque desde luego creo que el pasar del anonimato al estrellato no le sentó nada bien.

Pienso que lo peor que tiene que llevar un famoso es que tanta gente le conozca. Ser tan noticia tu muerte como los sucesos de Noruega o la hambruna en el cuerno de África en los medios de comunicación da a entender todo lo que importas. Y si no estás acostumbrado a eso, acaba por pasarte factura.

¡Hasta siempre Amy!

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