Al rescate

A raíz del ‘rescate’ que se ha realizado con el misionero Miguel Pajares (infectado por el ébola en Liberia y que se encuentra “clínicamente estable”, según el primer parte médico del Hospital Carlos III de Madrid) y con la monja Juliana Bonohá (que afortunadamente no está contagiada por el virus) se ha reabierto el debate acerca de si el Estado debe asistir a cualquier español que fuera de nuestras fronteras se encuentre en una situación de extrema complejidad. Quizás este asunto ha despertado mucha inquietud por la espectacularidad con la que se tuvo que preparar todo el traslado para que pudieran ser tratados en España sin que conllevara ningún riesgo para nadie.

Personalmente apoyo la acción que ha desarrollado el Gobierno español. No hubiese visto correcto haber dejado a estas personas a su suerte en África. Sé que también este tema engloba lo injusta que es a veces la vida, porque a la postre todos estamos clasificando a los enfermos por su origen y no por el estado en el que se encuentran (al igual que Miguel Pajares hay otras 1.600 personas sufriendo los dolores de esta enfermedad. Lo que les diferencia con el misionero es que no tienen el pasaporte español). Comparto con mucha gente que ha estado comentando este suceso que cuando uno asume ir a un lugar de riesgo (sea a un conflicto bélico, a un lugar donde se está propagando una epidemia…) debe también ser consciente del riesgo al que se somete. Estoy convencido de que Miguel Pajares quiso ayudar lo máximo posible para mejorar la vida de las personas que le rodeaban en Liberia, pero esto le ha costado seguramente su vida (ojalá tenga la posibilidad de sobrevivir, pero hay informaciones que apuntan a que le será muy difícil) y a los demás un despliegue de medios humanos y materiales costoso y complicado.

¿Deberíamos los españoles cuando visitamos zonas de riesgo firmar una declaración en la que eximimos al Estado de preocuparse por nosotros? Creo que no. Por la misma cuando un ciudadano comete una negligencia y arriesga su vida (pongamos por ejemplo que se pierde en una montaña por no seguir una ruta marcada, cuando uno se está ahogando con el mar en bandera roja…), ¿tendría que firmar otro papel? ¿Dónde está el límite entre la libertad de uno para hacer lo que quiera sin que después se presione a las autoridades a proceder a su rescate? Ahí es donde veo la dificultad de caso.

Desde mi perspectiva deberíamos tratar estos temas con un principio claro: no hay que abandonar a ningún español a su suerte. Por muy idiota que haya podido ser esa persona, la vida de cualquier ciudadano vale por oro. Pongamos eso por encima de todo…

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